EL ROL DEL SERVIDOR PÚBLICO

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EL ROL DEL SERVIDOR PÚBLICO ÉTICO EN LA ADMINISTRACIÓN MODERNA


 


Más allá de los aspectos puramente económicos, la globalización es un fenómeno que presupone el traspaso de fronteras en tópicos multidisciplinarios. En ese marco, existe una tendencia transnacional por modernizar la forma en que se concibe la Administración Pública, cuya actividad, durante largo tiempo, se ha visto opacada por fenómenos negativos como la burocracia, la corrupción, etc.


 En un esfuerzo común, los Estados paulatinamente han adquirido conciencia acerca de la importancia de replantear su teleología; así, algunos han promulgado el derecho a la buena Administración como una categoría de rango constitucional.


En efecto, en las sociedades democráticas el aparataje estatal debe eregirse como un macro servidor de la colectividad, pues precisamente es a ella a quien debe su misma existencia. Desde luego, el Estado es una figura ontológicamente abstracta que adquiere existencia física a través de sus integrantes. Son las personas naturales las que materializan o concretan las denominadas funciones estatales.


Tradicionalmente, estos individuos han sido llamados empleados o funcionarios públicos; mas, recientemente, se encuentra en boga el término “servidor público”. Si el Estado es el supra servidor de la sociedad, resulta lógico que sus componentes individuales reciban la connotación de servidores públicos. Sin embargo, muchas de las personas que ostentan tal calidad desconocen la trascendencia del papel que desempeñan dentro de la estructura estatal.


Al igual que los sistemas que dan vida al cuerpo humano dependen de los órganos que los componen, el Estado es un ente complejo que necesita de una pluralidad de servidores públicos, cuya labor individual es una pieza clave del engranaje realizado en pro del bienestar colectivo.


En otros términos, todo servidor público desarrolla una función de suma importancia dentro de la organización social. De aquí la necesidad de que el servidor público se sienta orgulloso de su rol y reflexione sobre la magnitud que supone desempeñar su cargo de manera óptima, lo cual implica desarrollarlo con excelencia y con observancia de un factor cónclave denominado Ética. Esta disciplina ha adquirido mayor pragmatismo con el objeto de contrarrestar la desvalorización que han sufrido los individuos y que ha provocado cierto grado de fragmentación en lo que respecta a la cohesión social.


Significa que la Ética es el mecanismo que permite a las personas encontrar la dirección, el camino correcto que deben recorrer. Cuando queremos llegar a un lugar determinado y no sabemos cómo hacerlo, procuramos buscar un elemento que nos oriente.


En el plano de la actuación humana consciente y deliberada es la Ética la que nos guía por la senda del “bien” al proporcionar parámetros y estándares de conducta.


Ahora bien, no cabe duda de que, en el caso de los servidores públicos, la Ética posee una dimensión mayor. Primero, porque el empleo público ha sufrido una desnaturalización al haberse cargado de antivalores como la ineficiencia, la irresponsabilidad, etc.; y,en segundo lugar, porque la única forma de servir bien a la población y superar los vicios que afectan el desempeño de la función pública es por medio de la Ética.


Fomentar en los servidores públicos un cambio de pensamiento y actitud en cuanto al papel que desempeñan es un reto enorme, difícil, pero necesario para la Administración Pública y la colectividad en general. El primer paso es lograr que cada uno se identifique con los fines que persigue la sociedad salvadoreña, los cuales están plasmados en la Constitución, pero además, con la función que le ha sido encomendada dentro de la entidad a la que pertenece. Esto conduce a sustituir las motivaciones estrictamente económicas por un verdadero compromiso con el desarrollo de la nación, recordando que todos y cada uno de los servidores públicos tenemos la posibilidad de coadyuvar en la construcción de un mejor país, sirviendo a los administrados con empeño, profesionalismo y dedicación.   


       


Por: Wendy Virginia Mulato García


Colaboradora Jurídica


Tribunal de Ética Gubernamental